Viaje a un poco más abajo de la Alcarria

Ingredientes para un viaje

    Una pareja, un utilitario, unas tarjetas de crédito, un teléfono móvil; 535 guías turísticas y de viajes diferentes; 27 mapas que difieren en escala, exactitud, y antigùedad; una cámara, unos pistachos en pack transparente.

Viernes, uno de noviembre de 1996. Día de todos los Santos

Capítulo primero: Ancha es Castilla

Los utilitarios de hoy en día resultan manifiestamente incómodos para el turismo motorizado. Es absolutamente imposible, según los más doctos tratadistas, poner al alcance de la mano y de forma que su obtención no provoque mareo lo siguiente: mapas, guías turísticas, casettes, los mandos del casette, la cámara fotográfica, y los pistachos. El no tener algo de lo anterior, hace que el viaje pierda su encanto, o, en su defecto, su comodidad.

    En cualquier caso, y a diferentes alcances de diferentes manos, se situaron todos los elementos anteriores el día de los santos de 1996. Un día espléndido, veraniego, con el sol haciendo refulgir todas y cada una de las manchas en los parabrisas anteriores y posteriores del Fiat Punto, que se movía, a esas horas de la mañana, por la nacional 323 Ubeda-Albacete. A esa temprana hora, se apreciaban ya, por los diversos pueblos atravesados, diversos puestos de flores, gente por las calles con las mismas en las manos, y multitudes de personas y de vehículos en los alrededores de los cementerios.

    En esa tesitura, el Fiat con sus ocupantes llega a Alcaraz, primer mojón (dicho sea en el buen sentido) de este viaje. Una estrella en la guía de Castilla-La Mancha, lo cual es bastante decir, y que además causa buena impresión a primera vista. La primera vista es de las Torres Gemelas de Alcaraz, dos torres poligonales, una civil, del Ayuntamiento, otra religiosa, la de la iglesia de la Trinidad, tan cerca que King Kong, aunque fuera pequeño, podría pasar de una a otra sin dificultad. Incluso Copito de Nieve, con veinte años menos.

    Sorpresa agradable para los habituales del turismo anterior e interior: la oficina de Turismo está a) localizable y b) abierta, los proporcionan mapa, panfletos explicativos, un buenos días y una sonrisa. Pero el mapa tenía algo raro. Aunque las explicaciones que proporcionaba eran adecuadas (un poco escasas, quizás), resultaba un tanto difícil seguirlo (y quizás innecesario, pues todo lo visible estaba en una plaza y una calle). Tras pensar y repensar, los viajeros se percataron de que el mapa estaba reflejado especularmente sobre la realidad. Los que lo imprimieron, no contentos con ello, pusieron a voleo los números de los monumentos, o sea, que donde están las torres gemelas pusieron la portada del Aholi, y viceversa. En la oficina de turismo no se habían dado cuenta, porque, claro, quien usa el mapa para recorrer el propio pueblo natal.

    Como era la hora de comer, y el interpretar mapas del tesoro desgasta las neuronas, los viajeros decidieron buscar algún sitio, antes de que sus estómagos decidieran hacer tal camino solos. Todos los restaurantes del lugar estaban en la carretera, y encaminaron su vehículo hacia uno recomendado en la oficina de turismo. Resultó el menos típico (aunque quizás lo hubiera sido si se hubieran atrevido a probar las habichuelas con perdiz), aunque sí probaron algo curioso cuando menos, yogur casero (anotado en la factura "Danone casero", lo cual resulta, cuando menos, paradójico, y cuando más, una clara infracción de las leyes de copyright).

    Tras de la comida y el café, decidieron proseguir la ruta hacia San Clemente, en la provincia de Cuenca, obviando totalmente Albacete, porque, como dice el refrán, "En Albacete, come, caga y vete". Poco sospechaban los viajeros lo que el destino les depararía.

    Atravesando las carreteras comarcales de Albacete, mucho mejores en calidad que las nacionales de Granada, y con los ojos del copiloto entrecerrados, llegaron poco a poco a Villarrobledo, y luego a San Clemente. El paisaje estaba dominado los viñedos, muchos de ellos arrancados, otros abandonados y con las vides casi asfixiadas por los matorrales de aulagas, y en otros casos diferentes secas y como quemadas por el sol.

    San Clemente es pequeño, y poco memorable. Usando una vez más los mapas de Infotur, que en este caso no necesitaba la aplicación de ningún grupo de simetría para usarse. Por supuesto, es un pueblo dejado de la mano de Dios, con muchas edificaciones, incluso un palacio rococó, que necesitan una mano de pintura y muchas más de limpieza. Pero a los viajeros les resulta bonito pasear por las calles, y mucho más bonito ver que las iglesias están abiertas, y se pueden visitar. Sin duda, el poder visitar una ciudad sin la ayuda de Pepe es bastante más práctico, pero tiene la desventaja de que se conoce a menos gente. La visita de los viajeros a la iglesia fue compartida con tres niños, con edades de un dígito, que mientras daban grandes carreras que hacían resonar toda la iglesia, tenían mucho cuidado en hablar bajito para no hacer ruido.

    Los viajeros, que como hemos indicado, hacían camino al andar, llamaron por primera vez a diversos hoteles en Cuenca, para pasar la noche, si era posible. Ninguno de ellos tenía habitaciones, pero, aún así, salieron de San Clemente en dirección Cuenca.

¿Qué hubiera hecho el lector? ¿Salir en otra dirección, donde hubiera alojamiento con seguridad, o ir a Cuenca, con la esperanza de encontrar alojamiento en algún sitio?

Capítulo segundo: noche de difuntos

Como afortunadamente, los dioses de las ondas hercianas se conjugaron para que el móvil tuviera por fin cobertura cuando el Fiat Punto enfiló la autopista de Levante, la copiloto siguió intentando en todos los hoteles con teléfono reconocido en la guía de CLM, desde los de cinco estrellas hasta los de categoríaenana marrón con emisión apenas en el infrarrojo, sin ningún éxito. Pero el momento de la llegada a Cuenca se acercaba, la noche de difuntos se cerraba sobre el parabrisas, y las posibilidades se agotaban, porque además, CLM es una de las comunidades menos pobladas de España, y los pueblos que se atravesaban apenas podrìan superar la calificación de cortijada con pretensiones.

A 11 kms. Villar de nosequé. Edificio nuevo con cartel de hotel, dos estrellas, muchos coches en la puerta, muchas personas en recepción, circunstancias todas ellas que no permitían augurar nada bueno. Las sospechas se confirmaron cuando, no bien los viajeros se acercaban, vieron a un matrimonio mayor salir de allí, y se reconfirmaron cuando preguntaron en recepción, donde amablemente le dieron el teléfono de un hotel a unos 40 kms. de allí. El matrimonio, de Alicante, les confirmó lo que ya sabían: Cuenca estaba imposible, y habían encontrado una habitación finalmente en una pensión en la misma acera, un poco más allá.

Allá que se dirigieron los viajeros. 7 de la tarde, y en la pensión-bar Flash diversas generaciones se agolpaban escuchando música de claros tintes ramonianos. Tenían una sola habitación libre, pero a los viajeros no les gustó nada cuando vieron pedir en la barra la llave de "la oscura".

Oscuro: dícese de aquello que no está afectado por la luz. Y oscura era, salvo cuando se encendía la luz, acción de la cual podía arrepentirse uno inmediatamente, puesto que los desconchones de la pared hacían que esta se pareciera a algún palacio rococó olvidado por los consejeros de Bellas Artes de la Junta de Comunidades; pero al menos los desconchones alejaban la vista de los colchones, uno de ellos desnudo. La proximidad al bar hacía dudar poco de la función que tal habitación y las adyacentes ejercería en la localidad, pero no había otra cosa en muchos kilómetros a la redonda. Esa misma función hacía que hubiera cuarto de baño, pero que su higiene dejara algo que desear.

Los viajeros, ante el panorama, decidieron ir a Cuenca, al ver al menos las casas colgadas, antes de que se descolgasen. Pidieron la llave, pero al asegurar la propietaria que daba igual, porque la puerta no cerraba, decidieron partir de todas formas. Nos aseguró que no había problema, que el bar no cerraba hasta las doce y media, pero que si estaba "chapado", podíamos tocar para que nos abriesen.

En fin, con esas los viajeros partieron, con la esperanza de que alguien fallara a última hora y no ocupara su habitación, con la oculta tentación de sacar de la carretera a golpes de Punto a cualquier coche cuya matrícula no comenzara con Cu, llegaron a Cuenca, que parecía toda ella Pedro Antonio un sábado por la noche. El parking donde aparcaron cerraba a las 11. La temperatura era gélida, y acompañada de vientos arrafagados que hacían descender la sensación térmica en un par de grados. Las continuas llamadas a los diversos hoteles hacían que disminuyeran las esperanzas poco a poco, hasta que al final desaparecieron.

Ocho de la noche. Los Simpson en la televisión, unos sprite enuna mano, y un móvil con cobertura en la otra. 3 horas hasta las 11, luego una hora y media más hasta que se cerrara el bar Flash, y una noche entera por delante. ¿Qué hubiera hecho el lector en tales circunstancias? A) Quedarse en la pensión B) Irse a Albacete.

Capítulo 3: Noche de difuntos en Albacete

El lector o lectora avispado lo habrá averiguado ya: irse a Albacete. ¿Porqué Albacete? No estaba demasiado lejos (una hora y media en coche, más o menos, por autovía en parte), conocían un hotel allí, y estaba de camino de la visita prvista para el día siguiente. Así que a Albacete, que no tiene nada que visitar, pero sí buenos sitios donde dormir y comer.

Incluso llegando más tarde de las 10 y media, los viajeros pudieron salir pronto a comer, porque tanta preocupación y conducción, una vez más, abrió el apetito. Y haciendo honor al refrán, y en un bar anónimo, se pusieron entre pecho y espalda unos platos de ibéricos, de jamón de bellota y revuelto de setas que no se los saltaba un Twingo en un anuncio de la tele. El precio los dejó más sorprendidos que satisfechos: por el mismo precio hubieran comido en Granada un solo plato o, en su defecto, dos o tres raciones de chocolate con churros en el Fútbol un día de la Cruz.

Albacete es una ciudad anónima, pero próspera. Eso salta a la vista nada más que ver circular los Volvos de la policía municipal. El hotel tenía jacuzzi en la habitación, y se oía lo que decían los vecinos, cosas ambas que contribuían al nerviosismo de los viajantes (los jacuzzi, más que relajar, ponen nervioso a cualquiera). Pero se descansaba bien, se desayunaba bien, no era excesivamente caro, y permitió enfocar descansadamente el día siguiente.

Capítulo 4: Día de ánimas en la Ruta de los Caballeros

Los viajeros, que confían en las guías turísticas, pues doctores tiene la Iglesia, y siguiéndolas, comenzaron el día en Chinchilla de Montearagón, un pueblo en lo alto de un Cerro, con una plaza central notable, y monumentos dispersos y antiguos (e inexistentes, como luego comprobarían).

No se puede decir que el pueblo esté mal, pero los autores del folleto turístico de Infotura, haciendo gala de bastante ignorancia de la situación sobre el terreno (ya patente en la guía de Alcaraz), hicieron que los viajeros subieran y bajaran cuestas (no necesariamente por ese orden), y que, al colocarse en el lugar donde en el plano había un punto negro con un numerito dentro, y preguntarle a los lugareños, comprobaran con desmayo que a) no existía tal monumento desde que el general Prim hizo la mili b) había una guardería o c) había una carpintería donde hacían belenes. Chinchilla, a pesar de haber sido capital del cantón de la Mancha durante la primera república, había perdido parte de su anterior esplendor, y apenas le quedaba unas cuantas cuestas sin asfaltar. Un pueblo con encanto, pero para recorrérselo con las botas chirucas bien trabajadas.

Deambulando otra vez por las rectas castellanas, con la omnipresente onda cero en la radio, se dirigen los viajeros hacia Ciudad Real provincia, por carreteras comarcales donde los 140 kms. por hora son la norma. A la hora en que los ruidos del estómago ahogan la voz de los locutores, paran. Están en Ruidera, casi al pie de las lagunas y en un bar con muchos camiones aparcados. Comen gazpacho manchego, que, a diferencia del andaluz, es una sopa de pollo y conejo, con unas tortas llamadas galianas flotando, una comida no para quitar el calor, sino para darlo, y más platos, y postre casero, y café, y una vez más se quitan el sueño cuando ven el precio: 1200 pesetas por persona. Y cuando felicitan al propietario por su buen hacer, a la vez que su poca visión comercial, el pobre les comenta, bastante compungido, las quejas que una clienta le acaba de hacer sobre un filete de ternera a la brasa, que después de haber deglutido medio ha encontrado duro. Hay gente que no se contenta con nada. Aparte de la dificultad inherente a que un filete de ternera a la brasa no esté duro en cuanto que empiece a enfriarse, si hubiese querido un filete tierno, que hubiese parado en un bar con Rolls y BMWs aparcados en la puerta, no camiones.

Los ojos se entrecierran, haciendo patente la falta de riego sanguíneo del cerebro, todo él esforzándose en digerir la abundante pitanza, mientras los viajeros conducen hasta Villanueva de los Infantes, ciudad pequeña, tranquila a esas horas de la tarde, y en la que, afortunadamente, al cabo del rato abren la atracción principal, la iglesia de San Andrés, situada en una plaza porticada tan típica de estos lares. En la iglesia hay una cripta, y un sacristán, y en el sacristán un peluquín, y unos viajeros que le preguntan al sacristán si se puede entrar a la cripta, siendo contestados que no, porque los turistas genéricamente son bestias del campo, y dan portazo cuando salen de la cripta. Eso del ruido debía de ser una obsesión particular del sacristán, porque por toda la iglesia había carteles pidiendo silencio, y que no se dieran portazos. Y otro más curioso, hecho con impresora en color de pocos dpis, que anunciaba Radio Santo Tomás de Villanueva, FM, 107.6 (que los viajeros, hartos ya de la omnipresente Onda Cero, trataron infructuosamente de sintonizar).

Un poco más tarde, y vagando sin rumbo por la plaza, encontraron que, a las 4:30 de la tarde de un sábado, ¡estaban abriendo la oficina de Turismo! Pasmados por la eficiencia de la Consejería castellano-manchega correspondiente (salvo en el aspecto topográfico), entraron, inquieron, y descubrieron que iba a comenzar una visita guiada por la ciudad. Se unieron, y descubrieron patios manchegos, entraron en casas particulares en una de las cuales una anciana les ofreció boletos de una rifa de su ninio (una cesta de productos manchegos, que, si toca, merece el viaje para recogerla), y vieron la casa de la Inquisición, la celda de Quevedo en sus últimos días, y más asombrosos palacios. Villanueva de los Infantes parece ser una de las ciudades con más escudos y blasones per cápita, y recuerda a aquél refrán, dicho de Baeza: "más escudos que paredes, más putas que mujeres", dicho sea sin ánimo de ofender. La guía, a pesar de su eficiencia y simpatía, tenía un serio problema de autoestima. Pero no todo iba a ser perfecto.

Ya con la noche cerrándose poco a poco, y en el cielo esa gradación de colores del azul intenso al naranja tan difícil de conseguir con los programas de dibujo, los viajeros continuaron hacia el último o quizás penúltimo hito del camino, Almagro, ciudad del Campo de Calatrava, caracterizado porque todos los pueblos tienen el sufijo "De Calatrava". En Almagro se nota el turismo asiduo en los precios, la cantidad de tiendas de souvenir, y la simpatía (o ausencia de ella) de la gente. Una plaza central con aire nórdico, porticada y acristalada.

Y al día siguiente, vuelta a casa. Casi 1000 kilómetros (no todos ellos útiles), una bajada de gasolina, y un mapa bastante exacto de la cobertura de Airtel después. Y los pistachos llegaron todos, eso sí, con mucho más mundo visto.


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