Fin de la intimidad

Se puede decir que todo empezó cuando salió Windows 95. Hubo rumores que, al registrarse en Internet, el programa de registro echaba un vistazo y mandaba un resumen floreado de todo lo que hallaba en el disco duro. Microsoft lo negó, pero, por supuesto, lo único que consiguió es confirmarlo.

Durante cierto tiempo pareció que nuestra intimidad, o al menos la parte de ella que concernía a lo que se encuentra en nuestro duro, estaba a salvo. Pero recientemente, ha habido tal cantidad de noticias confirmadas sobre programas que mandan información a algún sitio sin que el propietario del ordenador se entere, que es para echarse a temblar.

Primero de ellos, el RealJukebox de Real Networks. Asignaba un número único a cada usuario, y cuando el usuario estaba conectado a Internet, lo enviaba al sitio central. Más adelante, con un cliente de Quake. Y, por último, con unos cursorcillos cachondos que regalaba una empresa llamada CometCursor, dirigidos especialmente a niños, que enviaban al sitio central de la empresa todos las páginas por las que habían pasado los usuarios.

O sea, que antes de bajarse un programa nuevo, hay que echarle una poca de fe. Fe de que ese programa no va a espiar todo lo que hagamos y tengamos en el disco duro, y lo envíe a algún sitio en Bulgaria, o Dios sabe dónde. Y eso por no mencionar que, además, todo lo que uno envíe (o cualquiera envíe) puede estar espiado por los amiguetes de Echelon.

Aparte de los usos de marketing, que al parecer son los que tienen hoy más predicamento en la Internet, estas herramientas se pueden usar para el espionaje: trata de hacer un programa, que todo el mundo use porque es muy chulo, y haz que, si está en ciertos ordenadores que puedes reconocer por la IP o por cualquier otra cosa, te mande información, poquito a poco y sin causar mucho follón. O envía virus que estén destinados específicamente a alguna máquina, y que poco a poco se vayan abriendo camino hasta llegar a la Internet. O agarra el fichero de claves (algunos virus ya lo hacen) y lo mandas.

Y todo esto tiene difícil solución, a no ser que vaya mirando todos y cada uno de los paquetes que salgan de su ordenador con destino a la Internet; aunque al final, será la única solución: instalar un analizador que te avise cuando algún paquete va a parar a algún sitio sospechoso, o algún proceso que no debe está enviando algún paquete. O bien, dejar que las máquinas que accedan a internet no tengan absolutamente nada más que lo estrictamente necesario (ni siquiera el correo). Y por supuesto, no fiarse de cualquier programa que haya por ahí, por lo menos hasta que lleve cierto tiempo funcionando y todos los posibles huecos hayan sido tapados.

Protejamos nuestras comunicaciones, atascando Echelon
Desnudos en el ciberespacio, que trata de la intimidad (o de su ausencia) en la Internet