¡Pero si es gratis!

Es lo primero que le cuentan a uno cuando se mete en la Internet. Programas necesarios para la misma, para hacer ftp, telnet, para mirar en la Web, ¡todo gratis! Además, da exactamente igual que uno esté dos horas o veinte horas, le va a costar a uno lo mismo, porque hay tarifa plana (al menos en el uso de los servicios, no en el uso del teléfono). ¿Y esas grandes páginas Web de periódicos, totalmente gratuitas, mientras que el periódico físico hay que comprarlo? ¿Y ese pedazo de sistema operativo, el Linux, también gratuito? ¿Cómo puede ser?

Pues hay varias razones que hace que sea así. La primera y quizás más importante, es que la Internet y los programas y protocolos que la rigen nació del esfuerzo de una serie de programadores, que no cobraron por el fruto de su trabajo. Incluso desde antes que la Internet se hiciera popular, asociaciones como la Free Software Foundation patrocinó y apoyó la creación de software gratuito; Linux nació aupándose en los hombros de la FSF.

¿Y estos programadores, cómo es que no cobran por su trabajo? Pues por varias razones: primera, porque les importa más familiarizarse con un tema determinado que cobrar por ello, y si disfrutan mientras aprenden, ¿porqué van a cobrar?. Segundo, porque cobran por otro lado: trabajan para una empresa, para el gobierno, y tienen la vida solucionada. Y tercera, porque hay, aunque parezca mentira, algo más importante que el dinero: la fama, que hace que un programador o programadora hagan un programa y lo distribuyan gratuitamente simplemente para que el mundo sepa que lo han hecho, y que todo el mundo hable de ellos. Y cuarto, porque lo que uno gana con un programa no viene del número de copias en sí, sino de otras cosas asociadas a las mismas: enseñanza, libros que hablan de él y contratos de mantenimiento, por ejemplo.

El que la Internet sea gratuita, es por eso, pero también por otras razones. La primera, es que en gran parte está apoyada por los gobiernos de cada país, especialmente en lo que se refiere a los sitios académicos, y a los que desde ellos usan la Internet. La segunda, es gratuita por la misma razón que la televisión y la radio lo son: la pagan los impuestos y/o los anunciantes, y, por supuesto, gran parte de la información que hay en la internet es publicidad, y por tanto contribuye a las ventas de las organizaciones que las tienen.

Pero lo que realmente hace grande la Internet son la gran cantidad de usuarios anónimos que hacen una página de su pueblo, de su afición, de su familia, o que hacen un programa tremendamente útil. Y yo creo que aunque sean gratis, les debemos algo, éticamente. Igual que cuando éramos unos pardillos de la Informática y alguien con paciencia nos explicó de qué iba el tema, creo que tenemos la obligación de ser pacientes con los que comienzan, y además aportar algo a esa Internet, aunque sea sólo una página con los apuntes de una asignatura que nos hemos molestado en elaborar. Y, por supuesto, debemos de permitir que los demás se beneficien de ello, no abusando del ancho de banda que nos dan, que, aunque parezca que no, es limitado, no mandando correo electrónico o mensajes a las news masivos. Si no, este gran invento un día se convertirá en lo que se han convertido los demás: telebasura, y radiofórmulas.