¿A dónde vamos a parar?

Con esto del Napster, Gnutella, Freenet y demás, uno se pregunta a dónde vamos a parar. Porque ya no sólo son canciones, o videos, o libros, sino incluso patrones de puntos de cruz lo que la gente se intercambia por ahí. En realidad, el intercambio sólo está limitado por el ancho de banda, y lo que cueste el ancho de banda: hace un par de años, era difícil que se intercambiaran canciones, porque bajarse 3 megas era cuestión de medio día; hoy en día, con los módem v90 y la tarifa semiplana, se tarda una horilla mal contada, y no cuesta un duro (bueno, cuesta lo mismo te bajes lo que te bajes). Cuando se generalice el acceso por cable y ADSL, empezará a ser posible bajarse CDs enteros en un rato, o películas; más adelante, películas de alta definición, CDs completos, DVDs. El límite es sólo tecnológico, no legal. Más adelante, cuando se generalicen las técnicas de fabricación flexible, se podrán copiar sillas, mesas, coches. Es sólo cuestión de intercambiar unos cuantos bits; se va uno al "taller-célula de fabricación flexible" del barrio con un CD, paga los materiales, y se vuelve con un coche nuevo.

Es evidente que tendrá que cambiar el concepto de copyright, o derecho de la copia, porque cualquier cosa que se pueda poner en formato digital, y eso, hoy en día, incluye casi todo: bases de datos, música, películas, canales completos de televisión. No hay forma de perseguir a los que copian ilegalmente, porque, por muchas trabas que se le ponga, siempre habrá forma de sobreponerse a ellas, como demuestra el caso del Napster.

Por lo tanto, la venta de bits tiene poco porvenir. No es que vaya a desaparecer, sino que no va a tener las proporciones que tiene hoy en día: el rodaje de una película puede costar miles de millones de pesetas, y puede ganar miles, o decenas de miles de millones de pesetas en todo el mundo. Lo que sí se puede vender es la experiencia asociada a esos bits: no es lo mismo escuchar música por la radio, que en un Walkman, que en tu ordenador, que ir a verla en directo: cuando haces alguna de esas cosas, pagas no por los bits de información que te están transmitiendo, sino por la experiencia, el contexto, y demás, bien de forma directa, o bien de forma indirecta, teniendo que sufrir la publicidad. Por lo tanto, yo diría que tiene mucho más porvenir montar una sala de conciertos que una discográfica.

¿Significará esto el fin de una buena película, un buen grupo de música, una empresa que haga bonitos patrones de punto de cruz? Lo más probable es que no. Lo de hacer patrones de punto de cruz no tiene ningún misterio: se coge un original, se digitaliza, se discretiza a un tamaño de punto determinado, se asignan los colores, y se buscan los colores en un catálogo de colores de alguna fábrica, Anchor o la que sea. Lo de hacer una película, tampoco. Lo que sí es probable que desaparezcan son megaproducciones del estilo de Titanic o Waterworld, aunque, sinceramente, no creo que nos perdamos tanto.

Tema: Pirateo