¡teletrabajo obligatorio ya!

El año pasado era malo, pero este año es peor. No hay ciudad española que no esté colapsada por el tráfico. Y no hablo de llegar un pelín más tarde a un sitio, no, estoy hablando de tirarse tres cuartos de hora para recorrer 500 metros. No quiero ni pensar cuando llegue la Navidad y la gente se lance como loca a comprar los Pokemones que hablan o las consolas Playstation II en los grandes almacenes del centro o de la periferia de las ciudades.

Hace algún tiempo, hablamos en esta Atalaya de como la Informática y la Internet estaban salvando el mundo: el teletrabajo y el comercio electrónico hacía que la gente cogiera menos el coche, y por tanto, no sólo se gasta menos energía, sino también se descongestionan las calles, lo cual hace que el transporte público pueda ir más rápido, se puedan poner más líneas, sean más cómodos, y todos seamos más felices. Se ve que aquí en este país nadie cogió la sugerencia, porque va a peor.

El teletrabajo, como no se cansa de decir nuestro compañero Oliveros, es una alternativa para muchísimos trabajos del sector servicios, sobre todo aquellos que necesitan poco más que un ordenador y periféricos, y quizás un teléfono. En particular, mi trabajo, por ejemplo, salvo lo que sea estrictamente dar clase y tutorías, lo podría hacer, y de hecho lo hago, en casa. Muchos trabajadores de informática podrían asistir a su puesto de trabajo uno o dos días a la semana, para contactar con el resto del equipo cara a cara; el resto del desarrollo se podría hacer en casa.

La administración, por ejemplo, que tiene muchos más trabajadores que cualquier otra empresa en este país, y donde la mayoría de la gente no tiene contacto directo con el público, debería obligar a sus trabajadores a quedarse en casa un par de días a la semana. Técnicamente, es sólo cuestión de dar una conexión de red un poco decente, una autentificación del usuario que se puede hacer por firma digital, comunicaciones seguras, y ¡ya está! Por lo menos la administración debía dar ejemplo, y contribuir a liberar de coches el centro de las ciudades. Cualquier otra medida, como simplemente cerrar el centro, lo único que conseguiría es fastidiar al usuario, que tendría que soportar los atascos en los alrededores del centro, usando el transporte público o no. La única forma que tiene la administración de evitar atascos es quitarle a la gente de la cabeza el uso del coche, y para ello, ¿qué mejor solución que mandarlos a su casa?

Por supuesto, el comercio electrónico también contribuiría a evitar el problema; pero, en mi opinión, el comprar algo no es un acto puramente utilitario, sino de ocio; uno se da un paseo por la zona de compras de la ciudad por ver escaparates, y no sólo porque tiene que comprarse un bargueño del siglo XIX. Además, no puede uno ir cerrando los comercios para que la gente no coja el coche para no colapsar las ciudades; pero sí, en el momento que se creara una cultura del transporte público a base de no tener que coger el coche todos los días, se contribuiría también a evitar el colapso de por las tardes.

También se puede alegar que mucha gente coge el coche porque tiene que recoger o dejar a los niños en la escuela, y aquí casi me atrevería a proponer la telescuela, por lo menos una vez a la semana, pero se me iba a echar todo el mundo encima, y sobre todo la administración, por aquello de la escolarización obligatoria. Así que me callo. Pero lo dejo caer, por si cuela.

Lo que ocurre es que, en general, a la administración no le interesa que la gente no coja el coche, porque es un pedazo considerable de la economía, como bien me explicó un taxista en Madrid: más coches, más gasolina, más dinero para los seguros, más piñas que se pegan los coches y más dinero para los talleres, más gente trabajando en las fábricas de coches; en fin, que se podría crear un pufo importante en las arcas del estado si ingresaran un 10 o 20% menos por los impuestos de la gasolina; pero lo cierto es que tendrían un capítulo de ingresos importante subastando licencias de telecomunicaciones, o algo por el estilo. Simplemente se cambiaría una fuente de ingresos por otra, y redundaría en mayor calidad de vida.

Por eso, a ver si en las siguientes elecciones municipales, autonómicas, cantonales, estatales, comarcales, se empieza a ver como eslogan el propuesto ahí arriba: "Teletrabajo obligatorio ya!" (¡y de camino, jornada de 35 horas!)